sábado, 15 de noviembre de 2014

Las letras, el silencio y yo.

Todavía me sigo preguntando por qué decidiste dejar de formar parte de mi desastre, por qué no quisiste seguir sacándome a bailar en mitad de nuestra locura. ¿Fue realmente por mi culpa? O simplemente fue por tu miedo, tu miedo a querer, a ser querido, o a la más puta de todas, la distancia. Pero si hubiera podido, créeme que miedo era lo último que ibas a sentir, porque al fin y al cabo, te quería, sí, te quería y en tan poco tiempo me demostraste que eras la perfección en persona, pero por mi culpa te perdí, y sigo esperando a que algún día puedas perdonarme, y si realmente sentiste algo por mí, volver a intentarlo, porque me he quedado con las ganas de hacer manifestaciones en tu cadera para denunciar lo desacuerdo que estoy con el mundo, de decidir si salgo a flote o me hundo entre tus sábanas cada noche, de apuntarme al derroche de saliva, de tus idas y venidas, de ser tu salvavidas en cada derrumbe.

Pero en estos tiempos, no terminas de conocer del todo a alguien, que un día puedes pensar que es lo mejor que ocurrirá en tu vida y al día siguiente es el que parece que nunca te ha conocido, a lo mejor es que yo soy masoca y necesitaba los arañazos de alguien para creer que había recuperado unas de mis 7 vidas, cómo puedo ser tan imbécil de depender del cariño de alguien si sé que cuando se le ponga alguien en frente le brindará la oportunidad de lamerle hasta la locura.

Yo no esperaba que te fueras, que estaríamos de nuevo las letras, el silencio y yo. El gato ya maulló lo suficiente a la luna, una ya sabe que a veces hay que perder para ganar, o eso dicen al hablar los que apuestan nada, por nada.

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